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Artículo de opinión.
Autor: , Dr. Ramón Sierra ( )

Al atardecer

Al atardecer

Cuando llega la hora del crepúsculo nos damos cuenta de que no viene solo y, tal vez por esa razón, resulta casi inevitable la búsqueda de un lugar tranquilo donde conversar con su acompañante, la melancolía. Es necesario aislarse del mundo exterior y con la mirada proyectada al infinito, sin ver, hipnotizado por el pensamiento y el espacio lleno de luces y colores, prestar atención y escuchar como uno a uno se desgranan los recuerdos que han dado forma a tu vida.

Mirar, sin ver, el horizonte y comprobar con qué claridad desfilan ante ti todas y cada una de aquellas personas con quien compartiste tus días o que tuvieron alguna incidencia en los mismos. Con vigilia serena, sin animadversión ni enojo, concedes un determinado valor a cada una de ellas mientras rictus faciales muestran, a pesar de la involuntariedad, alegría o pena según la repercusión en tu devenir.

Cuando llega la hora del crepúsculo y observas tu cuerpo plagado de cicatrices es imposible no manifestar asombro por estos petroglifos y, como superviviente, sonríes al recordar alguno de los pensamientos de Nietzsche: nadie muere hoy de verdades morales, hay demasiados contravenenos. Y alguien pensará que se trata de un pensamiento cínico. Pobre amigo mío perdido entre la razón de la sinrazón. Tu opinión no interesará demasiado en un mundo donde el embrutecimiento que impera no deja pensar en el futuro para mejorar nuestro destino. Querido amigo, he aprendido mucho de ti y te lo agradezco pero este no es tu momento. ¡O tal vez, Sí! Ahora destacan la ausencia de valores y el atropello de la moral entre una ceguera colectiva que no se aviene a pensar que la destrucción de los imperios y de la civilización siempre sobrevino por el deterioro de los principios morales. ¿Es este tu superhombre?

Comienzo a sonreír al recordar a Graco cuando le espeta Lémpulo: En Roma la dignidad acorta la vida más que las enfermedades. El mundo continúa sin descansar, giro tras giro, y casi dos mil cien años después todo está lo mismo, nada ha cambiado ni hemos aprendido de la Historia.

Cuando llega la hora del crepúsculo y tratas de ordenar, tal vez, demasiados pensamientos reiteradamente confusos, nos preguntamos, sin poder evitarlo, si fuimos servidos o servidores, si dimos órdenes o las recibimos, si humillamos a otros o sufrimos nosotros la humillación y empiezas a comprender la inutilidad de una respuesta concreta puesto que todos hemos sido jueces y verdugos, hemos servido y nos han servido, y esta conclusión te hace digno de exigir benevolencia de los demás y practicarla también con ellos. Este convencimiento te hace renunciar al deseo de convertirte en juez de los demás y te libra de la vergüenza de exigir no ser juzgado, porque cuando alguien se atreve a juzgar y comete la osadía de sentirse “suficiente” debería pensar primero que siempre existirá el error por mucho que se trate de ocultar sus consecuencias.

Cuando llegue la hora del crepúsculo y los versos de Jorge Manrique taladren tus emociones…

Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte
tan callando.
Cuan presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquier tiempo pasado
fue mejor.

Podrías comenzar a lamentarte por el tiempo pasado sin tener en cuenta el presente que vives y la presencia próxima de un futuro demasiado incierto para el que no sabes si existe la preparación. Tienes que elevar el vuelo y contemplar la vida desde la distancia. Una distancia que algunos la llaman cielo. Levita y déjate arrastrar por la brisa que te transporte a todos los puertos de tus recuerdos, solo entonces sabrás si fuiste un eslabón sólido en la cadena evolutiva.

¡Cómo aprendes rápidamente a valorar lo que significa un segundo de vida, el trino de un pájaro o el perfume de una flor! Y te entristeces por lo perdido.

¡Cómo te puedes sentir alguien nuevo y ver pasar ante ti, sin crispación, al que hasta ayer fue tu enemigo, porque tu escala de valores ha sufrido una profunda metamorfosis! Y te alegras por lo logrado si de verdad lo lograste.

Cuando llega la hora del crepúsculo, sabes que ha terminado la batalla, tal vez sin vencedores ni vencidos, porque en ese momento importan poco las nimiedades y porque también, he creído siempre, lo aprendí de W. Somerset Maughan, que al final de la vida se recolecta el fruto de aquello por lo que se luchó, aunque para esto último sea necesario hacer un muy generoso aporte de fe. ¿Podría estar ahí nuestro cielo? Es inevitable la existencia de almas mezquinas pero, aunque tu no desees concederles valor, lo tienen, debes tener presente que también después de llorar vuelve la sonrisa y entonces le concedes a esta un nuevo valor.

Cuando la hora del crepúsculo nos cerca, después de mucho pensar, te percatas que hay personas a las que has dado mucho, tal vez demasiado, pero tampoco puedes eludir el recuerdo de aquellas que te dieron. Personas que te infligieron un infierno y otras a las que se lo causaste tú. Es la hora de sumar y restar para realizar un balance de resultados. Es el momento de la verdad. Es el momento de saber si la vida valió la pena. Y solo encuentro una respuesta ¡Ha valido la pena! ¡Siempre vale la pena en un estado mental coordinado! Pero en esta batalla que es la vida siempre habrá sufrimiento, hacia mí y hacia los demás, y en el crepúsculo se debería firmar la paz y dejar curar las heridas. El “no tiempo” mitigaría el recuerdo y podría transformar en sinfonía las voces que nacen entre la bruma de la otra orilla. No podemos fallar a la evolución. No podemos fallarnos a nosotros mismos.

Ramón Sierra

Dr. En Medicina