Desde que en 1967, Walt y Melzac elaboraron su teoría de la
“puerta de entrada”, la EEM ha avanzado siempre rodeada de connotaciones
empíricas. A raíz de los excelentes resultados obtenidos,
tanto en neuralgias occipitales como en coccigodinias mediante estímulos
de nervios periféricos, nos planteamos la necesidad de revisar
su mecanismo de acción a fin de optimizar los implantes.
Los intentos de desenmascarar, mediante electroneurografía, al
dolor neuropático son frustrantes debido a los “ruidos” de amplificación
que aparecen en los potenciales evocados, dada la baja corriente
de estímulo, incluso en registros sobre las astas posteriores
medulares, utilizando como receptores los mismos electrodos de estimulación.
Sin embargo, los realizados en modelos animales directamente
sobre el nervio nos inducen a sospechar que el dolor neuropático
se manifiesta mediante trenes de ondas de amplitud constante
y frecuencia variable. El hecho de que la amplitud sea constante
se deba, quizás, a que el número de fibras emisoras en una lesión
concreta no cambie. Por el contrario, en el dolor nociceptivo la
amplitud dependerá de la sumación de fibras en los sensores correspondientes,
y la frecuencia parece ser constante en cada tipo de
sensor.
Estamos, pues, por una parte, frente a un dolor neuropático modulado
en frecuencia mediante un condensador (“sprout”), cuya clave
de modulación pudiera ser más importante en la percepción del
dolor que la vía de propagación. Bastaría regular eléctricamente la
polarización “anómala” de la membrana (según la ley del todo o nada)
para que el estímulo emitido por el nervio pasara de ser doloroso
a “parestesia”. Además, esto explicaría los casos de taquifilaxia
a la EEM producida, a veces, en cuadros de dolor neuropático, bien
en fase inicial o a corto/medio plazo, cuando el tren de ondas emitido
por la lesión nerviosa es demasiado conspicuo para ser regularizado
con una frecuencia estable como la de nuestros generadores
de impulsos.
Por otra parte, en el caso del dolor nociceptivo habría que “solapar”
una polarización ortodoxa, y esto sólo sería posible cuando el
número de participación de fibras nociceptivas fuera relativamente
bajo, es decir cuando la sensación dolorosa fuera media o baja; así,
el dolor volverá a aparecer siempre que la amplitud del nociceptor
supere el estímulo eléctrico.
Este sistema de estimulación eléctrica se podría efectuar en cualquier
recorrido del nervio, incluso lejos de la “puerta de entrada”
(estimulación retrógrada de raíces sacras, primeras raíces cervicales
en base del occipital, plexo braquial, etc.).
El estudio de campo se ha realizado sobre dos grupos de pacientes.
El primero consta de siete hombros dolorosos crónicos (nociceptivos)
por problemas degenerativos en activo. Tres de ellos recibieron
estímulo eléctrico sobre cordones posteriores cervicales según
cánones ortodoxos de implante epidural, y a los restantes cuatro
se les desvió el electrodo desde línea media hasta colocarlo sobre las
raíces correspondientes.
En todos ellos, el alivio fue efectivo por debajo de un cierto umbral
doloroso (reposo, balanceo, comer, escribir, vestirse) y prácticamente
nulo en esfuerzos mayores, donde un aumento de la estimulación
eléctrica era tan molesta como el propio dolor.
El segundo grupo consta de seis pacientes con problemas puramente
neuropáticos en extremidades superiores, una neuropatía hanseriana,
un herpes axilar, dos cicatrices dolorosas y dos DSR. La mitad
fueron estimulados sobre cordones posteriores y la otra mitad sobre
las salidas de nervios radiculares.
En este segundo grupo, cuatro de ellos tienen alivio total al inicio
de la parestesia (al margen del lugar del estímulo), y las dos DSR, alivio
parcial (80%), que no varía con la intensidad del estímulo ni con
los movimientos, siendo un caso paramedial y otro lateral.
Aunque no podemos concluir nada concreto hasta no conseguir
un registro gráfico fehaciente, sí creemos que se deberían diversificar
los emplazamientos de los electrodos, a fin de lograr un mayor
rendimiento, e intentar conseguir unos electrodos mucho más delgados,
que nos facilitarían la elección de nervios concretos y que ofrecerían,
con mucha menor superficie de contacto, un campo eléctrico
más penetrante y directo.