A pesar de los avances conseguidos en la comprensión de la fisiopatología
y la biología molecular del dolor neuropático, su manejo
clínico continúa siendo un problema controvertido. Particularmente,
el uso de los opiáceos en el manejo del dolor neuropático
es un tema especialmente discutido. Tradicionalmente, se ha
considerado a los opiáceos como el grupo farmacológico idóneo
para el tratamiento del dolor nociceptivo. Es sobradamente conocido
que los opiáceos son especialmente eficaces en el dolor agudo
y en el dolor oncológico, pero en los pacientes con dolor neuropático
se han empleado con resultados dispares. El tratamiento
con opiáceos del dolor neuropático ha sido frecuentemente cuestionado
por la preocupación existente sobre su ineficacia, el potencial
desarrollo de tolerancia, el riesgo de adicción y los efectos
adversos asociados.
Actualmente, de igual forma que hace más de una década, muchos
autores consideran de una forma axiomática que el dolor neuropático
responde raramente a los opiáceos y, en esta línea de pensamiento,
estiman que una disminución subjetiva del dolor podría
desaparecer de forma precoz por el desarrollo de tolerancia a los fármacos.
Además, consideran que su uso durante períodos prolongados
de tiempo podría producir adicción en una elevada proporción
de pacientes1-2, Este punto de vista se ha ido modificando utilizando
datos retrospectivos que sugieren que los opioides son eficaces en
los tratamientos prolongados de pacientes con dolor crónico no
oncológico (incluyendo el dolor neuropático), y que estos fármacos
presentan un riesgo de adicción muy bajo3-5.
En 1991, el editor de la revista Pain, Ronal Dubner, describió
la situación en una editorial titulada6 “Una llamada para realizar
más ciencia, no más retórica, sobre los opiáceos y el dolor neuropático”.
A partir de entonces se iniciaron varios estudios comparando
la eficacia de los opiáceos frente a placebo en pacientes con
dolor neuropático.
Rowbotham y col7 han demostrado la eficacia de los opiáceos en
el tratamiento del dolor neuropático al disminuir la severidad del
dolor refractario a los tratamientos clásicos, en pacientes con dolor
de origen central y periférico. Los autores realizaron un estudio doble
ciego, aleatorizado y contolado comparando dosis bajas y altas
de un agonista µ, el levorfanol. Los pacientes controlaron sus dosis
durante un período de 8 semanas con el fin de conseguir la máxima
eficacia analgésica con efectos adversos tolerables. En los pacientes
que utilizaron dosis altas de opiáceos se consiguió una disminución
en la intensidad del dolor del 36%, comparado con el 21% de
reducción en los pacientes que utilizaron dosis bajas. En los pacientes
que utilizaron dosis altas y que completaron el estudio, la
reducción del dolor fue del 48%, y el 66% de ellos comunicaron un
alivio del dolor bueno o moderado. Aunque la mejoría del dolor se
asoció también con mejoría en la función física, el componente
afectivo y el descanso nocturno, los cambios objetivados entre los
grupos de dosis altas y bajas no fueron significativos respecto a estas
variables.
Harati y col8 comunicaron los resultados de un estudio multicéntrico,
aleatorizado, controlado con placebo realizado en 131 pacientes
con dolor neuropático crónico secundario a polineuropatía diabética
simétrica distal. Después de un período de 21 días de lavado
de antidepresivos tricíclicos y antiepilépticos, y 7 días de lavado de
analgésicos, los pacientes recibieron tratamiento con tramadol o placebo
durante 6 semanas. A los pacientes se les permitió aumentar
progresivamente la dosis de tramadol hasta los 400 mg diarios, y se
les informó que deberían mantener una dosis mínima diaria de 100
mg durante las cuatro últimas semanas de tratamiento. La dosis media
del estudio fue de 210 mg/día. Se produjeron más retiradas del
ensayo por efectos indeseables en el grupo de tramadol, y más retiradas
por ineficacia en el grupo placebo. Los pacientes tratados con
tramadol presentaron un alivio del dolor significativamente mayor
durante el período de estudio que el grupo placebo. Las escalas de
funcionalidad física y social demostraron una mejoría significativa
en el grupo de tramadol.
En otro ensayo realizado en pacientes con polineuropatías dolorosas
de etiologías diversas, el tramadol, con una dosis media de 347
mg/día, redujo la intensidad del dolor aproximadamente un 33%,
frente a una mejoría nula en el grupo placebo9. En este estudio, también
se produjeron disminuciones significativas en el dolor espontáneo
y en el evocado con el tacto.
Estos y otros ensayos clínicos apoyan la idea de la respuesta a los
opiáceos del dolor neuropático, definida como el grado de analgesia
obtenida después de la escalada de dosis hasta el punto de equilibrio
entre la analgesia suficiente y los efectos adversos. Los ensayos reproducen
la realidad clínica y subrayan la importancia de la individualización
de la dosis y la droga elegida en cada paciente.
Los resultados de los estudios han demostrado que los pacientes
con dolor neuropático de origen periférico tienen más probabilidad
de responder al tratamiento con opiáceos que los que sufren
dolor neuropático de origen central7,10-12. Los opiáceos, en ensayos
que utilizan métodos cuantitativos de valoración sensitiva, parece
que disminuyen de forma selectiva la alodinia espontánea y
táctil.
Todos estos estudios cambian el tradicional punto de vista de que
el dolor neuropático es resistente a los opiáceos, y proporcionan las
bases científicas para el desarrollo de un enfoque racional del tratamiento
con opiáceos del dolor neuropático.
Lo que los estudios no documentan es la eficacia de los opiáceos
a largo plazo. Pocos ensayos clínicos han informado sobre este
aspecto del tratamiento y, en los que lo hacen, sólo un pequeño porcentaje
de los pacientes, que oscila entre el 7 y el 17%, continuaron
el tratamiento con opiáceos durante uno o dos años después de finalizar
el ensayo clínico. Por el contrario, en encuestas realizadas
en clínicas para el tratamiento del dolor se ha comprobado que es
habitual realizar tratamientos con opiáceos durante períodos de
tiempo prolongados. Para avanzar en el uso y el papel de los opiáceos
en el tratamiento del dolor neuropático, a través de series y estudios
amplios, deben responderse algunas preguntas sobre su uso
clínico. ¿Puede predecirse qué pacientes se pueden beneficiar de este
tratamiento? ¿Qué opiáceo es el más apropiado para esta indicación?
¿Hasta qué punto se desarrolla tolerancia con el uso de opiáceos,
y qué riesgos asociados existen con el uso prolongado de los
mismos?
Es importante considerar que existen numerosos factores relacionados
con los pacientes que pueden influir en la respuesta a los opiáceos.
Estos factores van desde la exposición previa de los pacientes
a los opiáceos (lo que obliga a utilizar dosis iniciales más altas), hasta
una gran variedad de factores farmacogenéticos que influyen tanto
en la farmacocinética como en la farmacodinamia de los opiáceos13.
Por ejemplo, el polimorfismo del gen MDR1 puede determinar
los efectos tóxicos en pacientes tratados con morfina. Las variaciones
en el DNA del gen CYP2D6 alteran la O-desmetilación de la codeína
a morfina y, por tanto, modifican completamente sus efectos
analgésicos. El polimorfismo de los receptores opiáceos µ, las variaciones
en la población de los receptores de opiáceos y las diferencias
entre sexos parece que juegan un papel importante en la variabilidad
existente para la respuesta a los opiáceos. Esta variabilidad
argumenta la realización de ensayos clínicos con opiáceos en
pacientes con dolor neuropático, con el fin de perfilar otros valores
predictibles de la respuesta a los mismos.
La elección de un opiáceo para el dolor neuropático debe basarse,
en parte, en la intensidad del dolor comunicada por el paciente.
En concordancia con las guías clínicas para el tratamiento del dolor
proporcionadas por la Organización Mundial de la Salud, los opiáceos
potentes, como la morfina, buprenorfina, hidromorfona, fentanilo,
levorfanol, oxicodona y metadona, son las posibilidades habituales
para el tratamiento del dolor moderado a severo.
Estudios clínicos recientes han identificado propiedades únicas
de algunos agonistas µ para el tratamiento del dolor neuropático. Por
ejemplo, la metadona tiene unas propiedades que no tienen otros
agonistas µ: inhibe la recaptación de noradrenalina y serotonina. Las
drogas con mecanismos de acción similares a estos últimos se sabe
que son eficaces en el tratamiento del dolor neuropático. También el
tramadol, probablemente, alivia el dolor por un doble mecanismo,
opiáceo y monoaminérgico. La metadona es una mezcla racémica de
isómeros d y l. Los dos isómeros tienen afinidad por el receptor de
N-metil-D-aspartato (NMDA), un conocido modulador del dolor
neuropático. En estudios realizados con modelos de dolor neuropático
en animales se ha demostrado que la d-metadona es antinociceptiva
y actúa bloqueando la acción de los receptores de NMDA.
Clínicamente, al iniciar el tratamiento con metadona en pacientes
que han recibido dosis altas de morfina, fentanilo, hidromorfona,
fentanilo o levorfanol, se produce una mejoría en el alivio del dolor
con dosis tan bajas como el 10% de la dosis equianalgésica calculada.
Estos y otros datos avalan la idea del uso de varios opiáceos en
rotación, para el tratamiento de los pacientes con dolor neuropático
crónico, con el fin de maximizar la analgesia y minimizar los efectos
adversos.
La tolerancia a cada uno de los efectos de los opiáceos se desarrolla
con ritmos diferentes, y el rápido desarrollo de tolerancia a la
depresión respiratoria de los opiáceos permite una escalada de dosis
segura. Habitualmente, existe una tolerancia cruzada incompleta entre
los opiáceos, lo que permite, al cambiar en los tratamientos de un
opiáceo a otro, mantener una analgesia efectiva con menos efectos
adversos. Futuros estudios a largo plazo sobre el tratamiento del dolor
neuropático con los opiáceos permitirán cuantificar el desarrollo
de tolerancia y encontrar estrategias para reducir el desarrollo de la
misma. De acuerdo con los estudios realizados en pacientes oncológicos,
el riesgo de adicción con tratamientos prolongados con opiáceos
es bajo, pero únicamente estudios longitudinales pueden proporcionar
la evidencia suficiente para apoyar o refrendar las conclusiones
de los estudios retrospectivos.
Los valores del NNT (número de pacientes a tratar para obtener
un alivio del 50% del dolor en uno de ellos) de los distintos ensayos
nos pueden permitir comparar la eficacia de los opiáceos frente a
otros tratamientos farmacológicos utilizados en el dolor neuropático.
El NNT de los antidepresivos tricíclicos es muy similar en las distintas
patologías origen del dolor neuropático, y oscila entre 2 y 314.
Considerando el NNT, ningún grupo farmacológico ha demostrado
ser superior a los antidepresivos tricíclicos.
La carbamacepina, hasta no hace mucho tiempo la alternativa terapéutica
más utilizada en el tratamiento del dolor neuropático, tiene
un NNT en la polineuropatía dolorosa de 3,3, lo que demuestra
una eficacia menor que la de los tricíclicos14.
El antiepiléptico gabapentina y el opiáceo tramadol alivian el dolor
en la polineuropatía dolorosa con una eficacia similar, presentando
unos valores en el NNT de 3,8 y 3,4, respectivamente8,15. Como
consecuencia de su mejor tolerancia, estos fármacos pueden ser
la mejor alternativa terapéutica si no se pueden utilizar los tricíclicos
por contraindicaciones o por la presencia de efectos indeseables importantes,
aunque son discretamente menos eficaces.
Conclusiones
En el momento actual disponemos de pruebas suficientes sobre la
eficacia de los opioides en el tratamiento del dolor neuropático, al
menos para el dolor neuropático de origen periférico. Los resultados
de los casos clínicos iniciales se han continuado con los resultados
de ensayos clínicos que demuestran la eficacia de los opiáceos orales
en el tratamiento del dolor neuropático.
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