Insensibilidad al dolor físico: por qué se produce esta enfermedad rara

Artículo en el que participa Enrique Cobos coord. del GTSED CC Básicas, publicado el 7 de Septiembre de 2022 en CUIDATEPLUS.

La insensibilidad congénita al dolor es una enfermedad poco frecuente por la que los pacientes son incapaces de sentir las lesiones que padecen. Se trata de una patología genética para la que todavía no hay cura y que merma de forma considerable la calidad de vida de la persona que la sufre.

No sentir dolor. Como volar o viajar en el tiempo, puede parecer, a priori, un superpoder deseado. Y aunque nadie ha conseguido todavía regresar del futuro, sí hay personas que nunca han experimentado el dolor físico. Sin embargo, la ausencia del mismo no es, ni mucho menos, una cualidad sobrehumana.

Se llama insensibilidad congénita al dolor y es una enfermedad en la que el sistema de transmisión del dolor no funciona de manera adecuada. Se trata de una patología muy rara cuya prevalencia no se conoce de forma exacta. “Realmente es un trastorno muy serio y con consecuencias muchas veces de gravedad”, asegura Enrique José Cobos, profesor titular de Farmacología de la Universidad de Granada y coordinador del Grupo de trabajo de Ciencias Básicas en Dolor y Analgesia de la Sociedad Española del Dolor (SED).

El especialista detalla que el dolor, dentro de unos niveles normales, es bueno. Actúa como una señal de alarma frente a un estímulo que puede producir una lesión en un tejido. Para que nos hagamos una idea de la gravedad del asunto, Cobos alude a un ejemplo de lo más ilustrativo: “Si tras hacer una sopa de fideos cogemos el cazo con las manos desnudas, sin duda se va a producir una quemadura dolorosa. En una circunstancia normal, esta sensación nos impulsa a que retiremos las manos rápidamente”. Sin embargo, continúa, en caso de no percibir molestia alguna, seguiríamos cogiendo el cazo, gesto que acabaría provocando una quemadura bastante respetable. Además, sin un tratamiento a tiempo, la lesión en la zona propicia la aparición de infecciones que pueden pasar desapercibidas hasta que aparezcan otros síntomas asociados como la fiebre.

“En definitiva, sin ese sistema de alarma que nos avisa cuando algo nos daña, estamos totalmente desprotegidos frente a las agresiones de las muchas actividades que realizamos en nuestra vida cotidiana”, resume Cobos.

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